viernes, 3 de diciembre de 2010

Capítulo 2

Hamburgo. Primera lectura en el libro de la vida.



En la primavera de 1793, sucedió finalmente lo que Heinrich Floris Schopenhauer temía desde hacía ya tiempo y por lo que había sondeado la posibilidad de trasladarse a Inglaterra: Prusia y Rusia se pusieron de acuerdo para anexionarse otras partes del territorio sobre el que Polonia había ejercido su soberanía. Las ciudades de Danzig y Thorn, formalmente libres bajo protección polaca hasta el momento, fueron adjudicadas al rey prusiano. Le correspondió al general Raumer el mismo que tan amable había querido mostrarse con Heinrich Floris Schopenhauer y cuya ayuda tan desabridamente había sido rechazada por éste llevar a cabo la anexión y poner fin a una libertad que había durado siglos. Los Schopenhauer no espera-ron a que se produjese la invasión de las tropas prusianas y la familia partió inmediatamente después de que el Consejo y la cámara de diputados hubiesen decidido, en un acuerdo unánime del 11 de marzo de 1793, ofrecer la soberanía de la ciudad al rey de Prusia. Fue más bien una huida que una mudanza. Algo tenía que temer Heinrich Floris Schopenhauer, pues la ofensa al general prusiano no había caído todavía en el olvido.
Con los Schopenhauer huyeron otras familias del patriciado que se habían señalado igualmente como 'enemigas de Prusia'. Entre la burguesía media, por el contrario, predominaba una actitud distinta, pues la incorporación al territorio prusiano auspiciaba desarrollo económico. Dentro de las clases más bajas, entre los jornaleros, los grumetes y los aprendices, se llegó a la rebelión abierta. Soldados rasos de la ciudad desarmaron a los oficiales, que estaban dispuestos a entregarse, y apuntaron los cañones hacia las tropas prusianas que se aproximaban. Tenían razones para temer que, tras la entrega de la ciudad al ejército prusiano, en guerra con la Francia revolucionaria, serían reclutados forzosamente. Las luchas y disturbios duraron hasta el mes de abril de 1793. Algunas casas fueron destruidas por los cañones y el fuego. Hubo además saqueos y pérdida de vidas humanas. Pero mientras todo esto sucedía, los Schopenhauer se habían puesto a salvo en Hamburgo.
Ignoramos la razón por la que no se trasladaron finalmente a Inglaterra. Pero ¿por qué fueron precisamente a Hamburgo?
Para Heinrich Floris Schopenhauer, experto en el comercio marítimo, sólo podía entrar en consideración una ciudad portuaria. Sus conexiones comerciales con Hamburgo eran satisfactorias. Esta poderosa ciudad hanseática parecía ofrecer además las máximas garantías de conservar su independencia frente a Prusia. De hecho, Heinrich Floris Schopenhauer murió antes de que también Hamburgo perdiera su libertad republicana, aunque no ciertamente bajo el yugo de Prusia, sino de la Francia napoleónica.
A la llegada de los Schopenhauer, durante la primavera de 1793, la ciudad experimentaba una coyuntura económica sin parangón.
Durante todo el siglo XVIII, Hamburgo había sido un importante lugar de tránsito tanto para las mercancías coloniales francesas y holandesas como para los productos manufacturados de la industria inglesa. La ciudad hanseática había batido a todos los concurrentes europeos en el comercio con Inglaterra desde que, en 1663, el rey inglés le concediera el privilegio de poder atracar en los puertos ingleses con barcos propios. A través de Hamburgo eran exportados los productos de la Europa central: cereales de Mecklenburg, del sur de Rusia y de Polonia; madera para construir barcos de los bosques de Sajonia; salitre ruso; productos de la industria local: porcelana, telas rústicas y madera tallada. También tenía importancia el comercio intermediario de alquitrán, cuero, pieles y aceite de pescado procedentes de los países nórdicos. De Inglaterra, Holanda y Francia llegaban especias, té, café, tabaco, tejidos y metales preciosos. Todas estas mercancías se apilaban en los mayores almacenes de la Europa continental. Entre 1788 y 1799 se dobló el número de buques que navegaban bajo bandera de Hamburgo. En el año 1795 había más de 2.000 barcos, un auténtico récord europeo.
En una memoria dirigida a Napoleón, el abate Sieyés decía de Hamburgo que era «el lugar más importante del globo terráqueo». Se trata, sin duda, de una exageración. Pero los habitantes de la ciudad la oían con agrado y ellos mismos no se escatimaban elogios: «La bandera de Hamburgo ondeaba en el mar Rojo, en el Ganges y en China, así como en las aguas de Méjico y Perú, en Norteamérica, en las posesiones holandesas y francesas de las Indias orientales y occidentales. Era respetada en todos los lugares del mundo y el hecho de que nuestros barcos nos trajesen todos los tesoros de ambas Indias no era motivo de envidia, puesto que ello revertía también en su propio provecho.» Así describe el comerciante Johann E. F. Westphalen, en 1806, el prodigioso desarrollo de la ciudad durante los últimos decenios del siglo XVIII. De su voz se desprende empero un tono elegiaco, pues, en 1806, época del bloqueo continental, la antigua grandeza pertenecía ya al pasado. Con todo, antes de que Napoleón la incorporase a sus dominios, Hamburgo se había aprovechado de las guerras y de las reordenaciones territoriales de la Francia revolucionaria. La conquista de Holanda por los franceses (1795) produjo un éxodo de firmas comerciales francesas y holandesas hacia la ciudad. La incierta situación creada por la guerra había cerrado la vía del Rin y había desviado todo el tráfico de Alemania occidental y de Suiza por las aguas del Elba. Hamburgo ocupó el lugar de Amsterdam y Amberes en el continente europeo, tanto como puerto de importación de las mercancías americanas cuanto como sustituta del comercio holandés con la India oriental y con Oriente Medio.
Con el comercio y el tráfico marítimo creció también el intercambio monetario. Hamburgo se convirtió en el mercado financiero más importante del continente. La actividad industrial florecía dentro de la ciudad y el número de habitantes se multiplicó hasta contar con unos ciento treinta mil al cambiar de siglo.
Heinrich Floris Schopenhauer, que había perdido una décima parte de su fortuna en la huida, pudo asentar pie de nuevo con rapidez en el comercio de Hamburgo. En definitiva, su especialidad en Danzig había sido el comercio con Inglaterra y Francia, que con tanta fuerza prosperaba aquí.
Al principio, los Schopenhauer se alojaron en Neuen Weg 76, en la ciudad vieja. Cuando sus negocios tomaron de nuevo impulso, favorecidos por la coyuntura económica general, la familia se trasladó a una casa mucho más suntuosa situada en Neuen Wandrahm 92. Era el barrio en el que residían las grandes familias de comerciantes de Hamburgo: los Jenisch, los Godeffroys, los Westphalen, los Sieveking. La vivienda y el local comercial, según la costumbre de la época, constituían parte de la casa. En las alas posteriores y en la parte media de la edificación estaban los graneros, los almacenes, despachos y bodegas. La parte trasera de la propiedad daba a un canal y las barcazas de carga podían atracar allí. Una galería de madera tallada rodeaba el amplio patio interior y el vestíbulo estaba embaldosado con mármol. La zona destinada a vivienda ocupaba la parte delantera de la casa y constaba de diez habitaciones, cuatro gabinetes, cuatro salas y un gran salón provisto de un magnífico artesonado, suelo de madera y ventanas de cristal primorosamente trabajadas. En ese lugar, en el que podían reunirse desahogadamente más de cien personas, daban los Sehopenhauer sus veladas con un boato «muy por encima de su posición social», según afirmaría posteriormente Adele, la hermana de Arthur.
Los Schopenhauer, con tan soberbio etablissement, podían contarse sin duda entre la élite de la ciudad hanseática. Las espaciosas estancias, sin embargo, proporcionaron a Arthur, en esa época de su desarrollo, poco calor de hogar. Tampoco los recuerdos posteriores le conducirían hacia el domicilio hamburgués.
Hamburgo fue una ciudad propicia no sólo para los negocios, sino también para el republicanismo burgués-aristocrático de los Schopenhauer.
Tras los disturbios que habían situado a la ciudad al borde de la guerra civil, Hamburgo se había dado en 1712 una nueva constitución que prescribía un equilibrio de poder entre las burguesías patricia y media. Los senadores patricios y la asamblea de los diputados hereditarios se repartían los poderes legislativo y ejecutivo. Naturalmente, había que poseer una cierta fortuna para poder participar en la vida política de la ciudad, pero el nivel de renta imprescindible fue bajado progresivamente. Lo importante, sin embargo, era que la constitución garantizaba los derechos a la libertad personal en el sentido del acta inglesa del Habeas-corpus y la burguesía estaba orgullosa de ese orden político. «La constitución no es ni completamente aristocrática, ni completamente democrática, ni completamente representativa, sino las tres cosas al mismo tiempo y el espíritu de fracción, tan activo antaño, ha sido reducido a sus justas proporciones por la Constitución; así que en lugar del mismo reina la tranquilidad, la seguridad y la libertad en mayor grado tal vez que en cualquier otro Estado», escribe un contemporáneo en el año 1800.
«Tranquilidad, seguridad y libertad»: eso era precisamente lo que Heinrich Floris Schopenhauer había buscado y lo que finalmente encontró en Hamburgo. La «libertad» con respecto a Prusia, en especial, le llegaba al corazón y también en esto Hamburgo parecía ofrecer garantías. Pues aunque Federico el Grande tenía puesto el ojo en la floreciente metrópolis comercial, Inglaterra, Francia y Holanda apoyaban la voluntad de independencia de la ciudad por su propio interés de mantener la libertad de comercio. De modo que Prusia tuvo que contentarse con recabar informes de los expertos comerciantes hamburgueses sobre asuntos concernientes al tráfico de mercancías. Dichos informes no apoyaban, por otra parte, la política económica mercantilista de Prusia. «La clave está en la libertad», había escrito la Diputación de comercio de Hamburgo. Berlín respondió que los informes estaban sabiamente elaborados pero que resultaban impracticables.
La Revolución Francesa, cuyo comienzo había dado lugar a que Heinrich Floris Schopenhauer, todavía en Danzig, se precipitase desde el despacho hacia la residencia campestre de Oliva para informar alborozadamente a su mujer de la noticia, encontró también en Hamburgo portavoces entusiastas. Incluso Georg Heinrich Sieveking, el senador más influyente y que era una especie de «Rothschild hamburgués», como se le llamaba, estaba entre ellos. Su entusiasmo inicial les pareció a muchos conciudadanos poco hanseático. Sieveking se defendió en un panfleto al que dio como título: A Mis conciudadanos. En la residencia campestre de Sieveking, durante una fiesta en el jardín, Klopstock leyó por vez primera sus odas a la Revolución Francesa. El Hamburgische Correspondent y la Hamburgische Neue Zeittmg, los mejores periódicos de Alemania en aquella época, eran famosos por las minuciosas informaciones que llegaban desde París. Los hamburgueses, sin embargo, al aclamar la Revolución Francesa, dirigían su admiración hacia sí mismos sobre todo. En 1790 celebraron conjuntamente el aniversario de la toma de la Bastilla y el jubileo de la Diputación del Comercio y cantaron a la ocasión: « ¡Oh, ciudad patria nuestra, tres veces bienaventurada, /
que tan gloriosamente ha conquistado / la paz y la libertad frente a las naciones orgullosas.»
Cuando la Revolución Francesa entró en la fase jacobina, Hamburgo se distanció de ella, aunque, naturalmente, sin llegar a romper los lazos comerciales. El espíritu hanseático se sentía superior a todos los excesos, enfermedad infantil de la lucha por la libertad. «Hamburgo no se pavonea, en verdad, de tener un acta de Habeas-corpus; ni cuelga ningún tablón con los derechos de la humanidad en las salas de reunión de nuestros legisladores; pero, en compensación, ni aquélla se suspende ni éstos dejan de respetarse», escribe el Hamburgische Corres-pondent. Un lector añade lo siguiente: «¿No resulta hermoso que nosotros estemos tan cerca de la bienaventuranza política ideal sin sufrir vértigo?; ¿que seamos libres e iguales sin Robespierre y sin los sans culotte?; ¿que veneremos una herencia antigua y pacífica dónde otros mancillan las innovaciones juiciosas con los horrores de la revolución?... Es un hecho singular que lo que en Francia resulta ahora nuevo y paradójico sea para nosotros una antigua ortodoxia política.»
Pero había que asegurarse de que la «ortodoxia» de Hamburgo no fuese corrompida por ninguna influencia exterior. Así que, a la vez que florecía el negocio comercial con la Francia revolucionaria y los escolares tenían que recitar las odas revolucionarias de Klops-tock, los emigrantes nobles, acompañados de su abigarrado séquito, eran acogidos en la ciudad.
Si la anglomanía había predominado antes entre los habitantes de la ciudad, ahora, seducidos por la elegancia y el flair de los fugitivos, la gente se volvió francófila también. Johanna Schopenhauer, simpatizante de la Revolución Francesa por otra parte, estaba orgullosa de recibir en sus veladas a selectos emigrantes, entre los que se contaba, por ejemplo, el barón de Staël-Holstein, esposo de la famosa madame.
Los emigrantes y su séquito relajaron las severas costumbres de la decencia burguesa. El baile, el juego y la bebida cobraron impulso. También el gremio de la prostitución experimentó un auge considerable y, naturalmente, se propagó el rumor del mal venéreo francés, denunciado incluso desde el pulpito de la iglesa de San Miguel.
Un coronel francés desertor, que sabía más de cocina que de esgrima, instaló un local para excursionistas en una elevación junto al Elba. El local se convirtió muy pronto en centro de encuentro de los jóvenes adinerados. «Lo que proporciona a este lugar el éxito entre la gente más distinguida», escribe un contemporáneo, «es, sin duda, la manera de alimentar a nuestros refinados tragones alemanes; porque el arte francés de la cocina ha concentrado todas sus energías en satisfacer perfectamente la lengua y el paladar.» También la cafetería francesa fue incorporada a las costumbres de la ciudad. En 1794 se inauguró el teatro francés. Los hamburgueses conocieron las revistas y el vaudeville, y la juventud masculina se entusiasmó por las actrices. Madame Chevalier era el astro de la escena. La señora Reimarus, nuera del autor de los Fragmentos de Wolfenbüttel, señala con cierto resquemor: «Madame Chevalier trastorna la cabeza de nuestros mozos y ha llegado al punto de hacer dilapidar su dinero a algunos jóvenes comerciantes.» Entre ellos no estaba todavía Arthur, demasiado joven para ello a sus doce años; pero la madre se sentía orgullosa de contar entre sus huéspedes al ángel mundano de París. La emigración francesa sucumbió pronto empero al desgaste pecuniario. Muchos tuvieron que cambiar su género de vida: unos se convirtieron en profesores de danza o en maestros de esgrima y otros dieron clases de idioma. Arthur entró en conexión con ellos a través de dichas actividades sobre todo.
El modo de vida ligera que trajo consigo a Hamburgo todo este revuelo francés fue sólo, sin embargo, un intermezzo. Heine, que vivió allí un decenio más tarde que Arthur Schopenhauer, se lamentaba de ello. Muy pronto, demasiado pronto para Heine, se impuso la severa decencia de la ciudad. «El cielo, de un azul hiriente, se oscureció de súbito», escribe Heine en Schnabelewopski, «era domingo, a las cinco, la hora habitual de dar de comer a los perros; los coches circulaban, y damas y caballeros bajaban de ellos con una sonrisa helada en los labios hambrientos...» El sentido comercial de los hamburgueses de despojó muy pronto de su elegante envoltura y se dejó ver de nuevo en toda su crudeza. «Y cuando contemplaba con más detenimiento a la gente que paseaba», escribe Heine, «se me ocurrió que no eran sino números, cifras arábigas; allá iba un Dos con pies deformes junto a un Tres fatal, con su señora esposa pechugona y encinta; detrás iba el señor Cuatro sobre las muletas...» Allí estaba de nuevo el espíritu ponderador de ganancias y pérdidas, calculando el provecho sin cesar, un espíritu que había hecho de Hamburgo una ciudad tan grande en el comercio y la había dejado tan insignificante en cuanto centro de cultura. Por ello, Johanna Schopenhauer, en tiempos posteriores, juzga retrospectivamente sus experiencias de Hamburgo desde la perspectiva de Weimar y la sociabilidad artística que allí a veces se practicaba: «Si algún senador o burgomaestre me viese pegando recortes de papel con Meyer mientras Goethe y los otros ponen todo su interés en aconsejarnos, tendría verdadera compasión cristiana de nuestras pobres almas infantiles.»
Un hecho que caracteriza bien el espíritu de la ciudad es que la «Sociedad de Hamburgo para la promoción de manufacturas, artes y oficios útiles» fuese considerada como la más importante institución cultural. Todo el que se tenía en algo y poseía renta suficiente pertenecía a esa agrupación. Cuando un «indigno» se colaba dentro de ella, eso era motivo suficiente para que el asunto se convirtiese de inmediato en tema de conversación de los círculos más selectos. El tema era tan importante que un amigo de la escuela se sintió obligado a informar a Arthur Schopenhauer sobre un asunto de ese género, mientras éste estaba en el lejano sur de Francia durante el viaje a Europa de 1803/04. Las «artes» que aparecían en el programa de esa sociedad, entre cuyos fundadores se contaba a Reimarus, el amigo de Lessing, estaban sometidas al patrocinio de la utilidad. Es cierto que también se concedieron estipendios a pintores sin recursos y subvenciones al teatro y para organizar conciertos, pero principalmente los recursos se dedicaban a financiar proyectos para la mejora del cultivo de hierbas forrajeras, a organizar concursos sobre el cultivo de árboles frutales, o a apoyar planes de investigación para el «exterminio del gusano maderero tan perjudicial para los barcos». Inauguraron un local de baños y fundaron una biblioteca pública, se instituyeron cursos de natación y consultas para mujeres embarazadas. Pero todo ello constituía un programa de mejoras superficiales cuyo excesivo apego a la realidad tendría que avergonzar a las bellas artes.
Algunas voces se lamentaron abiertamente ya en la época de ese estado de cosas. En el Ensayo de una pintura de costumbres de Hamburgo, escrito en el año 1811 por el teólogo y pedagogo Johann Antón Fahrenkrügen, bien conocido a nivel local, podemos leer lo siguiente: «Cuando la erudición, las ciencias y las artes no querían plegarse al servicio de lo común y carecían de utilidad, eran mira-das por encima del hombro. El hamburgués no entiende el placer del sabio en su ciencia, al margen de las ventajas que produce. No puede dar su aprobación a los ejercicios del pensamiento carentes de una finalidad otra que la de dilatar el espíritu. Sólo le dedica sus esfuerzos en la medida en que pueden resultar útiles para él, la ciudad patria o el oficio. El comerciante imprime el valor de los seres humanos y de las cosas: éste es el hamburgués en su expresión más perfecta.» El supremo arte de la utilidad tenía en Hamburgo una eficacia arrolladora y no se detenía ante nada. Fueron derribados, sin escrúpulos, edificios artísticos de gran valor. Como la restauración de la vieja catedral costaba demasiado dinero, decidieron derribarla en 1805; y otras edificaciones claustrales de la Edad Media sufrieron el mismo destino. Algunas de las magníficas puertas de la ciudad y las murallas fueron abatidas. Desaparecieron la iglesia de María Magdalena y la Casa Inglesa con su famosa fachada renacentista. Ni siquiera la pinacoteca del Ayuntamiento pudo resistir al espíritu de utilidad: se malvendieron a precios de risa las existencias que allí había, con cuadros de Rubens y Rem-brandt incluidos.
Tuvo que ser el diablo quien inspiró a Lessing cuando éste una generación antes de Schopenhauer quiso hacer precisamente de Hamburgo la sede de un teatro renovado.
Un puñado de comerciantes entre los que destacaban los especuladores y los que habían sufrido bancarrota se pusieron de acuerdo en 1766 para financiar una empresa a la que denominaron pomposamente «Teatro nacional alemán.» Ofrecieron a Lessing un sueldo anual de 800 táleros imperiales, y éste llegó para hacer de todo: dramaturgo, recensor, autor, director. Su más ilustre proyecto, el periódico del teatro que se llamaba Hamburgische dramaturgie, llegaría a ser luego muy famoso. Debía contener, según escribe Lessing en el anuncio del mismo, «un registro crítico de todas las obras que se representen, y debe comentar todos los avances del arte, tanto en lo que se refiere al autor como al actor». En primer lugar, fueron los actores los que se rebelaron contra los comentarios que hacía Lessing de sus avances. Luego fue el público quien se sublevó contra las lecciones que el petulante autor llegado desde Berlín se creía con derecho a impartir. Por otra parte, Lessing era lo bastante atrevido como para criticar al mismo tiempo a la galería y al parterre y escribir lo siguiente: «La galería aprecia todo lo grandilocuente y vociferante, y pocas veces dejará de aclamar con ruidosas palmas a un buen pulmón. Los gustos del parterre alemán no se diferencian mucho...» Lessing tuvo que cambiar de rumbo muy pronto, limitándose al análisis de las piezas teatrales y a componer elogios publicitarios para las obras de Shakespeare... Sin embargo, era el gusto hamburgués el que dictaba el plan de representaciones. La empresa entró en bancarrota a pesar de ello apenas transcurrido un año, para regocijo de la autoridad luterano-burguesa cuya relación con el teatro queda descrita por un contemporáneo del modo siguiente: «Es verdad que el Senado concede su autorización a una troupe de comediantes cuando llega con avales; pero estoy completamente seguro de que tanto el severo oficio de los predicadores como las razonables autoridades de la ciudad se sienten aliviados cuando aquéllos se van a otro lugar...»
También Lessing, dos años después de la eufórica inauguración, partió de allí. «Levanto mi mano de este arado con tanto gusto como la puse en él», escribe en una desabrida ojeada retrospectiva: «el dulce sueño de fundar un teatro nacional alemán aquí en Hamburgo se ha desvanecido de nuevo; y por lo que yo he llegado a saber de este lugar, creo que sería precisamente el último en que tal sueño podría llevarse a cabo.»
También el destino de la ópera por otra parte la primera de Alemania que se convirtió en institución fija demuestra que Hamburgo era un mal lugar para los sueños artísticos. El joven Hándel completó allí su aprendizaje en el último atril de la segunda fila de violines. Medio siglo después de su fundación en el año 1678, la ópera empezó a decaer ya. El público hamburgués se hartó de arias italianas y reclamaba producciones locales: así llegó al escenario el arte de la canción en alemán dialectal. Las estrellas de la ópera, importadas de Italia a un precio muy elevado en la mayor parte de los casos, se convirtieron en doncellas de servicio, campesinos de opereta, comerciantes con un enorme reloj de bolsillo y barrigudos pastores protestantes. Según el relato de un contemporáneo, «cantaban como auténticos bufones, haciendo el papel del buen compañero, de tres o cuatro galanes y variaciones del tema hasta la saciedad». Los verdaderos aficionados tuvieron que resignarse y uno de ellos señala lo siguiente: «La manera de ser de los habitantes de la ciudad es un obstáculo para la recuperación de la ópera, pues hay que reconocer que las óperas son más adecuadas para reyes y príncipes que para comerciantes y mercaderes.»
En tiempos de Schopenhauer nadie se lamentaba ya por la ruina de la ópera sino que, en su lugar, la gente se divertía con el teatro musical importado de Francia. Y en el arte escénico triunfaba el dramaturgo, director y actor Friedrich Ludwig Schróder, que sabía servir simultáneamente al público y al arte mejor que Lessing. Goethe elevó un monumento a este virtuoso del compromiso en Años de aprendizaje del Wilhelm Meister bajo la figura del director de teatro Serlo.
Todo lo que fuera salvaje, excéntrico o estridente, tenía un camino difícil en Hamburgo. Eso es lo que experimentaron los jóvenes genios del Sturm und Drang y una generación después los del Romanticismo. Los poetas rectores de Hamburgo estaban hechos de otra madera. Ahí estaba, por ejemplo, Barthold Heinrich Brockes, jurista, consejero, comerciante y, a pesar de todo, también poeta. Para los hamburgueses era la encarnación del buen gusto de la ciudad. En su obra cobraba fulgor poético la sobria placidez de la vida burguesa y nadie como él sabía revestir la mezquina utilidad con versos tan amables. Sus poemas reunidos, que ocupan varios tomos bajo el título Placer terrestre en Dios, constituyen un singular canto de alabanza al mundo tal como fue creado por Dios «en beneficio» de la humanidad. Esta sublimación de la felicidad natural y de la balanza de éxitos no podía sino complacer a los hamburgueses. Brockes ejemplificaba para sus conciudadanos la manera de ser a la vez poeta y hamburgués. Un conciudadano suyo comenta con admiración: «La composición de sus poesías espirituales era para él el trabajo habitual de los domingos.»
En tiempos de Schopenhauer hacía ya medio siglo que Brockes había muerto, pero el espíritu de su poesía estaba vivo todavía. Su obra pervivía a finales del siglo XVIII en la de Matthias Claudius, el «mensajero de Wandsbek». Por otra parte, el acomodaticio «placer terrenal en Dios» se interiorizó y adquirió profundidad en la mística pietista, un rasgo que Schopenhauer apreciaría mucho posteriormente.
Klopstock era la tercera celebridad de los hamburgueses. Se había establecido en el lugar en 1770, siendo ya famoso. Y puesto que ya era famoso, también lo veneraron los hamburgueses. El mercader Caspar Voght refiere de él sin ninguna envidia: «Era objeto de admiración e incluso de adoración en los lugares donde aparecía.» Klopstock era celebrado, pero se le leía poco. El intenso pathos emocional de su obra les resultaba extraño. Lo que no obsta para que, al morir el autor del Messias en 1803, fuese sepultado con honores regios en el cementerio de Ottensen bajo el «tilo de Klopstock» y su cadáver fuese acompañado por senadores, hombres de letras, comerciantes, diplomáticos y una ingente multitud (unas diez mil personas) mientras repicaban todas las campanas de la ciudad.
Los padres de Schopenhauer conocieron personalmente a Klopstock, pero ignoramos si fue en una de las veladas que daban en su propia casa o en alguna otra ocasión. Cuando alguien se introducía en los mejores círculos de Hamburgo, no dejaba ya nunca de tropezarse con este señor mayor que fumaba en pipa y cubría su cabeza con bonete. Pues Klopstock constituía un adorno para los salones en los que se movía. Podía encontrársele en casa de los Sieveking, de los Voght, de los Bartel.
Johanna Schopenhauer disfrutaba intensamente de esa vida social tan activa que se desarrollaba en Hamburgo. Y no se conformaba con ser invitada, sino que perseguía el ambicioso objetivo de convertir su propia casa en punto de reunión de la vida social. Su autobiografía se detiene antes de los años de Hamburgo, pero los borradores conservados indican claramente que su ambición no quedó insatisfecha. La lista de sus conocidos contiene nombres brillantes: Klopstock; Wilhelm Tischbein, el pintor y acompañante de Goethe durante su viaje a Italia; el doctor Reimarus, hijo del amigo de Lessing y autor de los Fragmentos de Wolfenbütten; el barón de Staël-Holstein, diplomático sueco y esposo de Madame de Staël; Madame Chevalier, del teatro francés; el conde Reinhard, políglota diplomático francés procedente de Suabia; el profesor Meißner, famoso autor de innumerables novelas escabrosas de estilo galante; el canónigo Lorenz Meyer, conocido mecenas del arte y miembro de la junta directiva de la «Sociedad Patriótica».
En la elegante casa situada en Neuen Wandrahm, Johanna Schopenhauer se adhería a la consigna que Hannchen Sieveking, esposa del «Rothschild hamburgués», había puesto en circulación: «Nada es superior al sentimiento de un puñado de personas sensibles que se regocijan juntos y gozan de la vida de manera adecuada.»
El pequeño Arthur no participaba empero en este regocijo. Los únicos recuerdos de Schopenhauer sobre los primeros años de Hamburgo se refieren casi exclusivamente a sensaciones de miedo y desamparo. El muchacho, cuidado por las niñeras y las criadas, parece  quedar  aislado  en  esta  casa abierta al ir  y  venir de  los huéspedes: «Una vez, cuando tenía seis años, mis padres, al regresar a casa de un paseo, me encontraron en la más absoluta desolación pues de repente me imaginé que me habían abandonado para siempre» (HN IV, 2, 121). En el medio social de la burguesía, un padre se ocupaba de sus hijos sólo cuando éstos entraban en el período de 'formación', es decir, alrededor de los ocho años. Sólo entonces cobraba existencia para el niño. En ese momento, el dios oculto salía de entre bastidores y pronunciaba las palabras decisivas que iban a sellar el destino. Las de Heinrich Floris Schopenhauer no fueron irresolutas. En su curriculum, realizado para la Universidad de Berlín, Arthur Schopenhauer refiere lo siguiente: «Mi padre había decidido que yo fuese un comerciante cabal y, a la vez, un hombre de mundo y de finas costumbres» (B, 648).
En el verano de 1797, después del nacimiento de Adele, el padre considera que ha llegado el momento de impartir la primera lección sobre las maneras que corresponden al comerciante y al hombre de mundo. Viaja con su hijo a El Havre, pasando por París, y deja allí a Arthur al cuidado de la familia de un colega de negocios. Arthur debe aprender francés con los Grégoire de Blésimaire, ejercitarse en la vida social y, sobre todo, como solía expresarse el padre, «leer en el libro del mundo».
Arthur vivirá con los Grégoire la «parte más alegre, con mucho», de su niñez. Así, al menos, lo siente él retrospectivamente. En realidad sabemos muy poco de esos dos años. Aunque no se han conservado sus cartas de juventud, podemos suponer que tuvo que cautivarle el encanto de esa vida lejos del hogar paterno, en aquella «amigable ciudad, situada en la desembocadura del Sena y en la costa del mar». Ello resulta perceptible en las reacciones de los demás. Anthime, el hijo de la misma edad de la familia anfitriona, le escribe algunos años después, el 7 de septiembre de 1805: «Tú añoras el tiempo que pasaste en El Havre.» Al visitar de nuevo la ciudad en el gran viaje a Europa con sus padres, anota en su diario de viaje: «Durante aquel tiempo yo había pensado mucho en los lugares y en la ciudad en la que había sido tan feliz. Había soñado en todo ello, pero no había tenido a nadie con quien hubiera podido comentarlo, y de este modo, se me figuraba casi como si fuera un mero producto de la imaginación. Por eso fue maravilloso el sentir-me rodeado de los mismos objetos en el mismo lugar: apenas podía convencerme de que  estaba  realmente  en   El  Havre.   A  mi   memoria  regresaron sorprendentemente cosas y rostros en los que no creo haber pensado durante todo el tiempo de mi ausencia, y que iba reconociendo uno por uno. Pronto me pareció como si no hubiera estado ausente» (RT, 95).
En esta ciudad de la desembocadura del Sena podía percibirse no sólo el flujo y el reflujo del mar, sino también las mareas de la historia universal. La imaginación del niño de diez años tenía allí muchas cosas en las que ocuparse. El joven de Hamburgo había conocido el mar en su ciudad, el olor del alquitrán y las algas, el viento, los mástiles oscilantes de los barcos en el puerto, los gritos de las gaviotas. Pero, al contrario que Hamburgo, cuya neutralidad mantuvo alejadas al principio las turbulencias de la época napoleónica, El Havre había estado completamente inmersa dentro de ellas.
El padre aprovechó un momento de tranquilidad política para hacer el viaje. La primera guerra de la coalición de las antiguas potencias europeas contra la Francia revolucionaria finalizó en 1797. Prusia renunciaba a sus aspiraciones sobre la orilla izquierda del Rin y se retiraba anticipadamente de la guerra; de este modo, todo el Norte de Alemania se volvía neutral.
Era posible viajar por tanto, pero el viaje conducía a lo desconocido, algo que, ciertamente, es una aventura muy poco hanseática. En Francia gobernaba todavía el Directorio, aunque se perfilaba ya el ascenso de Napoleón, favorecido por la situación caótica del país. Según un informe secreto del ministro de policía, el caos y la guerra civil se enseñoreaban de la vida pública en cuarenta y cinco de los ochenta y seis departamentos. Los jóvenes en edad militar oponían resistencia violenta a la intervención de las autoridades de reclutamiento. Hubo cárceles asaltadas, policías asesinados, recaudadores de impuestos víctimas del robo. Bandas de merodeadores recorrían el país, unas veces por cuenta propia y otras pagados por los partidarios del rey. Para Alexis de Tocqueville, Francia, en esos años, «no es más que una multitud de esclavos furiosos». «La nación», escribe, «temblaba, por así decirlo, ante los movimientos de su propia sombra», y «muchos tenían miedo de mostrar su miedo.» También hubo revueltas en El Havre cuando los clérigos, que habían rehusado hacer el juramento de odio a la monarquía y de fidelidad a la república, fueron llevados desde todas las regiones circundantes y encerrados en los sótanos del Ayuntamiento. Los piadosos normandos no quisieron aceptar esto, entonaron cánticos monárquicos en las iglesias y, por la noche, dejaron escapar a los clérigos. En las cercanías de El Havre actuaba una temida banda de ladrones que un día se atrevió incluso a asaltar el barrio de comerciantes de la ciudad baja. Cuando desaparecieron, muchas de las personas acaudaladas de la ciudad se habían vuelto un poco más pobres. Los Grégoire, por el contrario, parecen haber salido airosos del terror. Las bandas de ladrones y la piratería en las cercanías de El Havre experimentaron un auge inusitado porque fueron apoyadas por el Estado. En 1797, el ministro de la marina alquiló barcos de guerra franceses a aventureros expertos, los cuales, en su condición de piratas privilegiados, debían abordar los navíos mercantes ingleses y compartir su botín con el Estado. Para no suscitar la sospecha de una implicación estatal, estos barcos no operaban desde los grandes puertos de guerra de Brest, Lorient o Rochefort, sino precisamente desde El Havre. La empresa no parece haber resultado empero especialmente exitosa, pues, entre los setenta mil prisioneros franceses que contaba Inglaterra en 1801, la mayoría de ellos pertenecían a las tripulaciones de tales buques corsarios. A principios de 1798, El Havre se convirtió incluso, por poco tiempo, en el foco central del desarrollo «oficial» de la guerra. El general Bonaparte presionaba, un año antes de su golpe de Estado, para que se declarase de nuevo la guerra a Inglaterra. Tomó el mando sobre un poderoso ejército invasor de ciento cincuenta mil hombres, inspeccionó la costa normanda y dio el encargo a los astilleros de El Havre de construir un gran número de barcos, provistos de cañones, para el transporte de tropas. En la ciudad se pusieron manos a la obra. Pero, de repente, fueron anulados los encargos y se dijo que Bonaparte quería marchar hacia Hamburgo para bloquear allí el comercio inglés con Europa central. Los Grégoire informaron tal vez al pequeño Arthur de que este general, terrorífico y fascinante, al que todavía se le podía encontrar en el puerto de El Havre, haría una visita a sus padres. Pero todo permaneció en calma hasta que llegó la sensacional noticia de que Bonaparte había desembarcado en Egipto. Anthime y Arthur buscaron el lejano lugar en el mapa y estudiaron los dibujos de las pirámides.
No sólo las pirámides todo el trajín de El Havre y de sus cercanías tiene que haber sido en realidad para Arthur un mundo de figuras gráficas, cercano, aunque no peligrosamente próximo, verdadero y fantástico al mismo tiempo. Pues la vida con los Grégoire transcurría bajo la protección y el cuidado: los peligros pasaban sobre el muchacho con la misma ligereza que las nubes en el cielo normando. Arthur se había integrado plenamente en la familia Grégoire. Era educado con Anthime y dominó tan bien la lengua francesa en poco tiempo que a su vuelta casi había olvidado el alemán. «Mi padre se alegró en extremo», refiere en su curriculum, «cuando me oyó hablar como si yo fuese francés; había olvidado la lengua materna a tal extremo, sin embargo, que sólo con las mayores dificultades lograba hacérmela entender» (B, 649).
Arthur encontró en los Grégoire algo semejante al amor de los padres. Posteriormente escribiría sobre el señor Grégoire: «Este hombre, afable y bueno, me trataba en todo como si fuera su segundo hijo» (B, 649). Con ellos, se creía incluso mejor comprendido que en casa por lo que respecta al aprecio de sus características personales y de sus cualidades. La señora Grégoire escribe al joven después de su vuelta a Hamburgo: «Pronto te convertirás en un hombre interesante; conserva también tu sensible corazón... Hablamos a menudo de ti.»
Con mucho entusiasmo tiene que haber hablado Arthur del amor que recibía en casa de los Grégoire, pues Johanna Schopenhauer se siente obligada, en las cartas de respuesta a su hijo, a subrayar expresamente, y casi a la defensiva, la solicitud del padre. «Tu padre te autoriza a comprar la flauta de marfil por un luis de oro», escribe, «espero que te des cuenta de lo bueno que es contigo». No obstante, a esta muestra de bondad sigue inmediatamente la amonestación: «pero te pide que aprendas a fondo la tabla de multiplicar. Es lo mínimo que puedes hacer para demostrarle lo gustosamente que haces todo lo que él desea».
Sus padres habían exhortado a Arthur a escribir cartas con regularidad, una costumbre que pertenecía al programa de la educación burguesa. Arthur hacía más agradable la obligación añadiendo, en el correo de los padres, cartas para su camarada hamburgués Gottfried Jánisch. También a su amigo debió describirle la felicidad que sentía en el hogar francés con los más vivos colores, pues Gottfried responde, no sin pesadumbre, el 21 de febrero de 1799: «He oído... que pasaste un invierno muy divertido. Yo no, pues he tenido una especie de úlcera en la garganta que me ha hecho sufrir mucho.» La consoladora respuesta de Arthur a esta carta ya no alcanza al amigo.  El 8 de abril de 1799, Johanna Schopenhauer escribe a su hijo: «También tengo que comunicarte una pérdida, hijo mío, que seguro te apenará. Tu buen amigo Gottfried se puso de nuevo muy enfermo, estuvo catorce días postrado... casi no volvió a recuperar la consciencia... Desde hace ocho días es más feliz que todos nosotros, murió ya, y la carta que le enviaste, querido hijo, llegó dos días después de su muerte. Así que perdiste a tu más querido compañero de juegos.» Este amigo, prematuramente muerto, cayó pronto en el olvido para Arthur. Pero, en la noche de año nuevo de 1830/31, se le aparece Gottfried en un sueño: allí está él, una figura fina y alargada rodeada de un grupo de hombres, dándole la bienvenida a un país desconocido. Schopenhauer se despierta aterrorizado y poco después se siente impelido a abandonar Berlín con ocasión de la llegada del cólera en 1831. El retorno de Gottfried en el sueño fue presentido como amenaza de muerte.
La noticia de la muerte, sin embargo, le acongojó menos, durante la primavera de 1799 en El Havre, que la orden paterna de regresar a Hamburgo. Sus padres estaban preocupados porque todos los signos presagiaban que Europa iba a convertirse de nuevo en un escenario de guerra. Inglaterra había conseguido formar una alianza con Austria, Rusia y Nápoles contra Francia. En Italia y en Suiza la lucha había comenzado de nuevo. La ruta de retorno por tierra a Hamburgo parecía demasiado insegura y era por tanto conveniente volver en barco. Arthur se siente tan orgulloso de la aventura que suponía este viaje marítimo, realizado sin compañía, que incluso lo cita en su curriculum académico de 1819: «Tras una estancia de más de dos años, antes de cumplir los doce, volví yo solo hacia Hamburgo en barco» (B, 649).
Durante este peligroso viaje de retorno tanto los buques de guerra ingleses y franceses como los piratas que actuaban por cuenta propia seguían surcando el mar del Norte el pequeño Arthur parece haber tenido tal sangre fría que incluso se permite hacer burlas. Pues Anthime responde del modo siguiente a una carta suya escrita inmediatamente después del regreso: «Me há hecho reír tu manera de contarme la historia de la dama con el bigote, tendrías que haber hecho el retrato como Cook en su viaje...; el pequeño piloto con el delantal corto tiene que haber resultado muy cómico de ver, sobre todo la cabeza.»
Tras los dos años de lectura en el 'libro de la vida', extremadamente felices para Arthur en todos los aspectos, empezaban ahora las lecciones, menos gratas, que el padre había previsto para su hijo. Arthur ingresó en la escuela privada de Johann Heinrich Christian Runge en el verano de 1799, inmediatamente después de su llegada a Hamburgo. Allí pasó veintiséis horas cada semana durante más de cuatro años. El instituto de Runge era una institución educativa consagrada especialmente a futuros comerciantes y tenía gran reputación. Los hijos de las mejores familias de Hamburgo recibían clases allí.
Se aprendía «lo que es de utilidad para un comerciante y conveniente para una persona cultivada» (B,649) refiere Schopenhauer en su curriculum. En ese sentido eran consideradas como útiles y convenientes sobre todo la Geografía, la Historia y la Religión. El Latín, por ejemplo, se daba sólo superficialmente y para guardar las apariencias.
Arthur Schopenhauer se refirió elogiosamente al Dr. Runge con posterioridad. Este «hombre excelente» era considerado en Hamburgo como toda una autoridad pedagógica, lo que no es ninguna nimiedad, ya que el afán de perfeccionamiento que reinaba en la ciudad había atraído a probadas eminencias de la pedagogía. Johann Bernhard Basedow, quien había fundado anteriormente el famoso establecimiento educativo de Dasau (el «Philanthropinum»), fue profesor a renglón seguido en el instituto de Altona. Y también Joachim Heinrich Campe, que contribuyó al surgimiento de los libros juveniles, había descubierto su vena pedagógica en Hamburgo. Runge había sido originariamente teólogo y había completado sus estudios en Halle, bastión del pietismo. Era natural de Hamburgo y allí volvió en 1790 con la esperanza de ocupar una parroquia. Al no conseguirlo, abrió una escuela cuyo éxito inmediato fue consecuencia de las buenas relaciones que mantenía con los círculos más selectos de la ciudad. Su pietismo, en alianza con una razón pragmática, había adquirido la forma de una piedad terrenal, lo que se adecuaba al espíritu de la ciudad. Lo más novedoso y atractivo en la escuela de Runge era que había sido el primero en fomentar y conseguir una colaboración entre la escuela y el hogar. La Ilustración, y sobre todo los escritos de Basedow, habían atenuado un poco la negra pedagogía del castigo ritual y del sermón sistemático. Runge quería convertirse en un amigo para sus alumnos y circulaba amistosamente por las casas de los adinerados padres no sin dejar de pensar también en su propio provecho. Su escrito Guía pedagógica para los padres, destinada al cumplimiento de sus deberes educativos con los hijos, aparecido en 1800, se convirtió en el libro pedagógico fundamental del Hamburgo ilustrado. Este maestro de escuela, cuya dulce elocuencia tanto impresionó a Schopenhauer, murió en 1811 de un «calambre en la quijada», a la temprana edad de cuarenta y un años.
Se puede obtener una idea general de la forma y del contenido de estas clases a partir de los diarios de Lorenz Meyer, un amigo de la escuela de Schopenhauer. Los maestros recitaban sus lecciones y los alumnos copiaban con diligencia; luego, podían hacer preguntas. A veces había incluso debates organizados, pues se trataba de alumnos muy orgullosos, completamente conscientes de su prestigio social y que no veían en sus maestros más que a pobres diablos, razón por la que a menudo sobrevenían problemas de disciplina. Sólo era aceptado el propio Runge, quien tenía que salir frecuentemente en defensa de sus acorralados colegas. «Más tarde nos hizo el señor Runge una pequeña charla», escribe Lorenz Meyer el 16 de enero de 1802 en su diario, «censurando el menosprecio que habíamos mostrado al señor Hauptmann y diciendo que esperaba, por mor del cariño que le mostrábamos, el que nos comportásemos mejor en las clases del señor Hauptmann.»
En el instituto de Runge aprendían los alumnos a contar con diferentes tipos de moneda (Matemáticas); vías de tráfico y centros de comercio, así como productos del suelo y de la industriosidad de los artesanos (Geografía); aprendían también idiomas modernos, por lo menos con la amplitud necesaria como para poder escribir cartas de negocios. Pero lo más sorprendente es que la 'Religión' se quedaba con la parte del león en la enseñanza. Se trataba, sin embargo, de una 'religión' sin mística y sin interioridad, e incluso sin dogmatismo teológico; no había doctrina sobre la Revelación, ni sobre la iluminación, sino una enseñanza moral apoyada en el deísmo. Runge debe haber impartido clases muy amenas, pues Schopenhauer se acuerda de ellas con agrado en años posteriores y también Lorenz Meyer señala en su diario cada uno de los temas tratados, cosa que omite en las otras asignaturas. Por ejemplo, allí se dice de la mentira por necesidad, «que no puede estar permitida... pues en caso contrario podría hablarse también de robo por necesidad... y disculpar así con la necesidad los mayores vicios». Afortunadamente, los pupilos de Runge sufrían pocas necesidades, por lo que esa fuente del vicio carecía para ellos de importancia. Más serio era el asunto de la soberbia. Por eso, en otra clase, Runge se refiere «a la manera de tratar a los demás, pues muchos conculcan esta regla en las casas de comercio y gustan de pavonearse...». También era adecuada para estos alumnos de familias acaudaladas la advertencia contra el vicio de «seducir a otros mediante el escándalo. Por ejemplo, cuando yo les empujo a una diversión cuyos costes no pueden permitirse». Se habla a favor de la «sociabilidad» y contra la «murmuración» y también de la manera «en la que uno puede ser útil también a los demás en la propia profesión». Una vez, después de haber hablado sobre la amistad y el amor al prójimo, el día resulta poco afortunado para estas amonestaciones, pues por la tarde un soldado es castigado a pasar por las baquetas. Los escolares, naturalmente, corren hacia allá para verlo.
Así que la casuística moral parece haber sido interesante pero no patética; razonable pero sin inspiración; clara pero sin enigma; optimista y sin rasgos de tragedia. Los alumnos aprendían a dar un «sí» confortable a la vida. Arthur Schopenhauer no objetó nada contra esto en las clases de Runge. ¿O tal vez sí? El 20 de noviembre de 1802, Lorenz Meyer anota en su diario: «El señor Runge se enfadó hoy con Schopenhauer.»
La escuela estaba situada en un buen sitio, en Katharinenkirchhof, núm. 44. Los escolares iban allí cada día de la semana, menos miércoles y sábados por la tarde: de 9 a 12 por la mañana y de 15 a 17 por la tarde. Si llovía, el coche venía a recoger a muchos de ellos, o llegaba un criado con el paraguas. Los alumnos eran ya pequeños señores. Se daban puñetazos de vez en cuando Lorenz Meyer menciona ocasionalmente alguna decidida intervención de Arthur y jugaban a la gallina ciega, pero por la tarde asistían a bailes y veladas y se relacionaban con las hijas de buena familia. Son precisamente estas diversiones vespertinas lo que Lorenz anota en su diario con la precisión de un contable: «Por la tarde estuve en el baile de los Bóhl. Me divertí mucho, pero todavía habría sido mejor si hubiese bailado más. Bailé la primera escocesa con Doris, la dos y la tres con Malchen Bóhl. La primera francesa con Marianne, la dos con B. Flohr... por la noche regresamos hacia las dos. Tuve que bailar la segunda escocesa con Madame Schopenhauer. Madame Bóhl me obligó.» Lorenz Meyer, que con tan poca galantería se refiere aquí al baile con la madre de Arthur, acaba de cumplir quince años. Tanto él como otros amigos de la escuela encuentran en estas ocasiones a sus futuras esposas. Arthur no, aunque se entregó al baile con vehemencia. Debió contarle algo a su amigo Anthime de El Havre, pues éste contesta que Arthur tendría que quitarse la barriga, ya que la misma es incompatible con la gracia. Otra vez le llama también «pesimista encantador».
No pasaba semana alguna sin que hubiese una fiesta por todo lo alto. «Por la tarde estuve con los Schróder en la Baumhause», escribe Lorenz Meyer, «me divertí mucho, debía haber allí entre ciento cincuenta y doscientas personas. Había doce músicos y, entre ellos, timbales y trompetas».
Arthur se movía entre sus iguales con timbales y trompetas. Aquello a lo que, algunos años más tarde, dará el nombre de «consciencia mejor», está dormido todavía o lo mantiene oculto en este entorno. No obstante, de las cartas juveniles conservadas de los dos amigos, Lorenz Meyer y Karl Godeffroy, se desprende un cierto respeto: Godeffroy y Meyer se tienen celos, respectivamente, cuando uno recibe una carta de Arthur más larga que la del otro. Y además soportan las amonestaciones de éste: «La última vez que hablé con Lorentz Meyer», escribe Karl Godeffroy el 26 de diciembre de 1803 a Arthur, mientras éste está de viaje, «me contó que tú le habías escrito una carta muy hiriente, pero aunque no la he leído, conozco lo suficiente a Arthur como para saber que es incapaz de agraviar a sus amigos con mala intención.» Karl Godeffroy, en especial, expresa a menudo el temor de que sus misivas puedan aburrir al amigo que sabía escribir con tanta seducción. Las cartas de Karl Godeffroy y Lorenz Meyer son efectivamente insípidas. Esto arroja una luz esclarecedora sobre la clase de amistad que unía a los tres. No se trataba de un lazo íntimo y cordial como el que mantenían tantos jóvenes en ese tiempo de interioridad romántica.
No sabemos lo que Arthur escribía a sus amigos. Karl Godeffroy y Lorenz Meyer, por su parte, se extienden hablando acerca de falsificadores de moneda huidos, tardes de baile sin éxito, el tiro de pistola en las tardes dominicales, los nuevos miembros de la «Sociedad Patriótica» y, una y otra vez, sobre el aburrimiento. Ningún enamoramiento apasionado, ningún pesimismo adolescente, ningún desprecio del mundo de los adultos hecho desde la perspectiva de un orgullo juvenil, ninguna burla sobre la 'pedantería burguesa', ninguna insensatez.
Se trataba de una amistad superficial, pero Arthur no encontró otra más profunda durante esos años. Cuando abandonó Hamburgo en 1807 desaparecieron también de su vida Karl Godeffroy y Lorenz Meyer. Ambos hicieron carrera: Godeffroy perteneció al servicio diplomático y estuvo como embajador de las ciudades hanseáticas, en San Petersburgo y luego en Berlín. Muy acaudalado, tuvo una vida de fasto social y escribió en su vejez un libro sobre la Teoría de la pobreza o de la escasez, contribución a la doctrina del reparto de bienes. Quiso el azar que, medio siglo después de la época de convivencia escolar, uno de los primeros y más celosos seguidores de Schopenhauer, Julius Frauenstádt, fuera empleado como preceptor en casa de los Godeffroy. Lorenz Meyer heredó el negocio paterno, lo dirigió con éxito, multiplicó las riquezas, intervino en la política de Hamburgo, se casó con una rica heredera de la ciudad, fue senador y murió a una edad avanzada.
Tal era la clase de vida que su padre había previsto para Arthur Schopenhauer. Pero ya en tiempos de su amistad con Karl Godeffroy y Lorenz Meyer se sintió asaltado por la duda de si ése era el tipo de vida que él mismo quería vivir.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La indiferencia pura

¿Alguna vez se organizo tanto, se edifico tanto, se acumulo tanto y simultáneamente se estuvo tan consciente, tan cerca de la nada?  El poder de lo negativo, las formas de aniquilamiento como derivas de una saturación plenamente insustancial.

Las poblaciones con menos de diez mil habitantes tienen el menor índice de homicidios, pero el más alto de suicidios, las grandes ciudades tienen un índice de homicidios tan alto como el de suicidios. Las formas de aniquilamiento ocultan la presencia de otro desierto implícito, un desierto paradójico, sin tragedia, sin catástrofes: las grandes finalidades, los grandes valores se encuentran ahora vaciados de toda sustancia. Ya nada funciona como principio absoluto, el trabajo, la familia, el saber, el poder, la iglesia, la política. ¿Cómo creer en el trabajo cuando el frenesí de las vacaciones opera como finalidad, el absentismo, la desgana, la pasión por los weekends ,  el ocio como aspiración e incluso como ideal de masas?  Es decir, la deserción como ideal.  El sistema funciona por inercia: se mueve en el vacío, carece ya de sentido, las operaciones sociales se rigen bajo una ingravidez indiferente, con una inyección emocional que se dirige hacia el escape, hacia hacer lo que tengo que hacer para poder dejar de hacerlo. La vida de los espacios abandonados. 


El nihilismo ni siquiera se salva.  Dios ha muerto. La depreciación del sentido, de los valores ideales desemboca en una conciencia común, en un pensamiento vinculante pero silencioso que grita desde el fondo de las conciencias: No me importa, no me  interesa. La apatía que se sobrepone al pesimismo.  ¿Pero es la apatía un estado transitorio? ¿Es mejor o peor que vivir en el pesimismo? Lo que pasa es que en la apatía no se reconocen  categorías como negación o afirmación, de salud o enfermedad, de esplendor o decadencia, más bien lo que nos muestra es: La indiferencia. La indiferencia como espíritu de una época. El desierto ya no se traduce en rebelión, en desafío, es decir, en ideal, sino que supone una frialdad, una distancia, en el fondo supone un mensaje: “No tengo nada que decir, me da igual.” Esto en otras palabras significa: abandono.

La oposición entre sentido y sinsentido ya no desgarra, ni tampoco  irrumpe, simplemente se convierte en una más de las antinomias del mundo: lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo feo y lo bello, la ilusión y lo real, las oposiciones flotan, están ahí, pero ya no valen, el mundo  como contradicción es mi mundo como lugar abandonado. La necesidad de sentido se diluye en estos fantasmas que flotan y que se vuelven recuerdos de una vida pasada. Ante tal tendencia a la  momificación, ¿Qué es lo que aun nos puede sorprender o escandalizar?

En la indiferencia todo habita, más bien,  todo puede cohabitar, desde lo más operativo hasta lo más esotérico, pues en última instancia será sólo temporalmente. La apoteosis de la indiferencia: lo temporal. De este modo el sujeto de esta época puede entenderse como cosmopolita, pero también como un regionalista, como racional y también  como discípulo de algún gurú oriental, vivir intoxicado y divulgar las prescripciones religiosas. Un self-service narcisista. ¿Es esta indiferencia un indicador de una nueva conciencia, más que de  una inconsciencia? ¿Es una nueva disponibilidad?  El hombre  de esta época no se plantea si lo que sufre es una resignación o un pesimismo o una pasividad. El hombre de esta época lo encontramos cambiando los canales del TV uno tras otro, dando infinidad de clicks, llenado su carrito del supermercado, o imaginándose donde podría ir  a vacacionar, la playa o el camping,  La apatía es pues una nueva forma de socialización, digamos más económica, y esta nueva forma de socialización trasciende lo político, lo económico, lo social; es la nueva forma de funcionamiento operacional. La indiferencia no se identifica con una ausencia de motivación, es más bien una anemia motivacional, una escases. ¿Pero es esta escases motivacional  un síntoma o una enfermedad? 

Si vivimos en un debilitamiento de la motivación, es claro darse cuenta que  no es difícil generar stress: envejecer, engordar, afearse, dormir bien, irse de vacaciones, educar a los niños, todo se vuele un problema, todo genera  tensión, las actividades elementales se ven desde la óptica de la pesadez, de “la enfermedad del vivir”, y la enfermedad como sabemos es individual, es una relación con uno mismo, se padece en soledad.  La soledad se convierte en un hecho. En un dato más entre los demás datos: es  banalidad.  La soledad se normaliza, la libertad se ha propagado por el desierto y causa una extrañeza ante el otro, una cierta incapacidad de vivir lo otro, una cierta pérdida de realidad, o en otras palabras: la apatía en acto.



Esto es un esbozo, me quede en este punto porque de aquí puedo tomar varios caminos, uno y de los que  más me interesa es el que tiene que ver con un tractatus, no es el de Wittgenstein, sino uno  más antropomórfico, más existencial, más de la época: el de Hesse. Como sea, necesito ir pensando como tomara forma esto. Por último, este pequeño texto en realidad no responde a nada, no debo entregarlo ni exponerlo ni nada, de hecho ni siquiera lo tengo pensado usar en la tesis, es más bien una rama digamos “crítica” que me interesa, la idea me surgió cundo me leí un pequeño libro de ensayos sobre nuestra época. Por cierto la píldora que sacudió mi anemia motivacional para ir de la idea al hecho es un  conocido proverbio chino que ayer un profesor cito en clase: 10 mil millas comienzan con un paso. 

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Como si las palabras hubiesen guardado su sentido...

Bueno, he corregido algunos detalles del texto, lo he reducido un poco también, diría que en términos generales me ha gustado, de todas maneras seguro habrá errores ortográficos o algo así,  de aquí al lunes  en la mañana se puede corregir. Lo debo presentar el  lunes a las 4 en el campus de la merced salón 2.6 del aulario general, estoy entusiasmado con hacerlo. Bueno hablando más en serio,  es importante ver a este texto como una explicación que hace Foucault de la relación entre genealogía  e historia en Nietzsche, es muy importante no olvidar que de aquí se desprenden muchos caminos, (no solo el metodológico, que es digamos una hermenéutica en el sentido fuerte.) Si  pensamos  que en Verdad y Mentira en Sentido Extramoral que es  un texto anterior a la Genealogía de la Moral ya esta el programa de cuestiones que Nietzsche va a desarrollar a lo largo de su vida, (recordemos nuestra hipótesis de porque no publico ese pequeño texto) Nietzsche no era tan ingenuo como para publicar un texto que a pesar de ser brillante carecía de una argumentación digamos “continua”. Si quería dar un golpe sobre la mesa, este debía venir con una metodología que lo sustentara, bueno pues aquí esta. De todas maneras el mejor ejemplo que podemos ver de la genealogía aplicada es precisamente en La Genealogía de la Moral. Un libro tan revelador como peligroso. Bueno, ya hablaremos de eso, mientras esto:


Nietzsche, La genealogía, La historia.

La tarea de la genealogía es  percibir  la singularidad de los sucesos, eso que pasa desapercibido por no transportar el manto de la historia, en este sentido es meticulosa y documentalista, pero  no con el propósito de captar una curva de evolución, sino para reencontrar esas escenas donde los sucesos se presentan y se ausentan. Esto significa que la genealogía es una tarea que requiere paciencia y minuciosidad. La genealogía se opone a los “despliegues metahistóricos de significaciones ideales y de los indefinidos teleológicos.”

¿Qué es lo que encuentra el genealogista cuando investiga con tal dedicación y detalle? Se encuentra con  que las cosas que investiga  carecen de esencia, o que ésta es una construcción pieza por pieza a partir de otras figuras; en esta forma de  funcionar  del  mundo subyace algo perfectamente razonable: El azar. Lo que se encuentra al comienzo histórico de las cosas no es ninguna identidad resguardada, lo que encontramos, es más bien el desvanecer  de las otras: Su discordia. Desde esta perspectiva, la verdad simplemente ha tenido su “historia en la historia” sin embargo la verdad se ha apropiado de la facultad de refutar el error  u oponerse a la  apariencia, y mas allá aun, de funcionar como  “consolación e imperativo.” La genealogía mira hacia los azares de los comienzos, desenmascara eso que el tiempo ha enmascarado,  remonta  en el tiempo, en la historia; por eso es importante reconocer las sacudidas, las emergencias, las sorpresas, los estados de  debilidad y de energía. Es la historia el cuerpo mismo del devenir. 

Normalmente  se traduce Genealogía por origen, sin embargo hay que restituir la apropiada utilización del término. Debemos entenderla como procedencia: “es la vieja pertenencia a un grupo” se trata de percibir lo singular, lo sutil, tener la capacidad de disociar, de desemejar. Por otro lado la procedencia nos da el rastro de los sucesos, sus desviaciones, los fallos de apreciación, sus distorsiones sutiles, los malos cálculos; aquí reluce la naturaleza crítica de la genealogía. Se trata de remover aquello que parecía inmóvil, fragmentar lo que parecía unido. La procedencia se encarna. El cuerpo soporta. La genealogía debe mostrar este cuerpo impregnado de historia, y al mismo tiempo mostrar a la historia como destructora del cuerpo. La genealogía es el análisis de esta articulación entre cuerpo e historia, entre el cuerpo que carga y la historia que es cargada.

La genealogía también designa lo que emerge: la ley singular de una aparición singular; esa es la genealogía que mira al sentido azaroso de las dominaciones. Este emerger se da en un determinado juego de fuerzas, hay que mostrar este juego, la forma en cómo se dominan unas a otras, el combate contra sus circunstancias, o incluso más: lo que hacen para escapar de la degeneración y su resurgir  a partir de su propio debilitamiento. El emerger de las variaciones individuales se da cuando hay suficiente fuerza como para crear una ruptura. La emergencia es una fuerza en acto. Es un lugar de enfrentamiento, pero este lugar no es un campo cerrado donde se lucha en igualdad de condiciones, es más bien un no lugar, una distancia, pues los adversarios no pertenecen al mismo espacio, es una relación, una dilatación: extender mi fuerza,  retardar lo otro. Este es el gran juego de la historia: ¿Quién ocupara la plaza que ahora otros utilizan? Las emergencias son efectos de sustituciones, de desplazamientos, de desvíos del sistema. La genealogía es la interpretación de lo que emerge. Mientras que la procedencia designa la cualidad enraizada en el cuerpo, la emergencia es el lugar diferenciado de la lucha de fuerzas. Se trata de hacer aparecer los sucesos en la escena de los procedimientos. Desde el punto de vista histórico podemos entender a la genealogía como la  historia de las interpretaciones. 

De aquí  podemos entender porque Nietzsche entiende a la genealogía como “sentido histórico”. Y criticará el punto de vista suprahistórico: el fin reducido al tiempo. La versión metafísica de la historia. El sentido histórico se escapa de esto, es “la agudeza de una mirada que distingue” que es capaz de disociar, que introduce el devenir en aquello que se pensaba inerte, que es capaz de disgregar y diferenciar. La historia como sentido histórico se distingue de la de los historiadores  porque reconoce que no hay nada lo suficientemente fijo en el hombre, ni siquiera su cuerpo (aprisionado en una serie de regímenes, el trabajo, el reposo “esta intoxicado por venenos – alimenticios o valores, hábitos alimentarios – y leyes morales todo junto”) para comprender a los otros hombres. La crítica de Nietzsche hacia la historia tradicional es que esta “tiende a disolver el suceso singular en una continuidad ideal.” El sentido histórico por el contrario hace resurgir el suceso y lo entiende desde una relación de fuerzas, estas fuerzas no se manifiestan como “formas sucesivas de una intención primordial” tampoco adoptan el aspecto de un resultado, no obedecen ni a un destino ni a una mecánica, sino “al azar de la lucha” pero este azar no debe ser entendido como mera jugada de suerte, sino como el riesgo  de una voluntad de poder que para cerrar toda salida a este azar, opone el riesgo de un mayor azar todavía. El sentido histórico se sabe poseedor de su propia injusticia: mira desde un ángulo determinado; pero esto quiere decir que es una mirada que sabe deliberadamente hacia dónde mira y  que es lo que está mirando. El saber del sentido histórico efectúa en ese mismo  movimiento su propia genealogía: la genealogía de la historia.

En esta genealogía de la historia Nietzsche relaciona el sentido histórico y la historia tradicional de los historiadores, en ésta el historiador invoca la objetividad, al pasado inamovible, es decir, se olvida del cuerpo con el fin de establecer “la soberanía de la idea intemporal”, el historiador esta conducido a borrar su propia individualidad, deberá callar sus preferencias y superar su aversiones, diluirse él mismo y su perspectiva “imitar la muerte para  entrar en el reino de los muertos” volverse un sin rostro y sin nombre, ser el espectador anónimo  de una sucesión de hechos que suceden bajo el hilo conductor de un fin preconcebido, ser testigo y posteriormente mostrar a los otros “la ley inevitable de una voluntad superior”.  De ahí que sea necesario deshacernos de esta concepción platónica de la historia, Nietzsche habla de convertirse en un maestro de la historia para poder hacer de ella un uso genuinamente genealógico, es decir un uso rigorosamente antiplatónico.

Hay tres usos en el sentido histórico que se oponen a tres modalidades platónicas de la historia. Uno es el de parodia y destrucción que se opone a la historia como reminiscencia o reconocimiento. El buen historiador sabe reconocer las mascaras que los hombres han adoptado a lo largo de la historia, pero no las rechaza en nombre de un espíritu de seriedad, al contrario, las acepta y las lleva hasta el límite, mira a la historia como un carnaval de mascaras, de apariencias históricas; reconoce la “bufonería de la historia”, por otro lado rechaza esta tarea de la historia tradicional que busca mantener una presencia perpetua, que busca  “restituir las grandes cumbres del devenir”, es decir, una historia que se dedica a la veneración. Por eso hay que parodiarla, porque es en sí misma una parodia “la genealogía es la historia en tanto que carnaval concertado.”  El siguiente uso es el uso disociativo y destructor de identidad que se opone al sentido de continuidad y tradición. Nuestra identidad  esta pluralmente conformada por diversas mascaras que se entrecruzan y luchan, cuando uno estudia la historia en clave antiplatónica uno se siente “feliz… de abrigar en si no un alma inmortal, sino muchas almas mortales”. Aquí la historia se topa con un complejo de sistemas múltiples, por lo que intenta hacer aparecer todas las discontinuidades que nos conforman; es hacer resaltar los sistemas heterogéneos que la máscara del yo nos niega, pero que al mismo tiempo nos proporciona nuestra identidad. Por último, el tercer uso de la historia en sentido antiplatónico es el del uso sacrifical y destructor de la verdad que se opone a la “historia – conocimiento.” Hay un querer-saber que al analizarse genealógicamente aparece como un no conocimiento, más bien es un multiplicador de riesgos, el conocimiento se convirtió en una pasión “que no se horroriza ante ningún sacrificio.” La voluntad de verdad pierde todo limite y toda intención en el sacrificio que ella debe hacer del sujeto de conocimiento, abre el camino hacia la idea de una humanidad que es capaz de sacrificarse bajo el yugo de la idea de “conocer”, donde el horizonte de la verdad aparece como único objetivo visible y por el que la voluntad de querer-saber es capaz de sacrificarse a sí misma.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

Este texto es el que veremos el lunes en clase, aprovecho que lo estoy releyendo para compartirlo. Este texto se público como póstumo. Nietzsche lo escribió y lo guardo. ¿Por qué? Bueno no tenemos la respuesta exacta pero si lo leemos nos daremos cuenta las implicaciones  que  el pequeño texto tiene en teoría del conocimiento, en filosofía del lenguaje, en antropología, por decir algunas áreas que son aludidas aquí. El texto es impresionantemente lucido y lleno de intuiciones brillantes, que sin embargo requieren una argumentación sistemática, sobre todo si aspira digamos a una prescripción de tipo científico y filosófico. ¿Sera que Nietzsche no lo público por esta razón? Como sea aquí nos vamos encontrar con un terreno enormemente fértil de ideas e intuiciones. No hare  comentarios durante el texto,  me interesa más hacer énfasis en ideas o conceptos que me parecen importantes. (Los pondré en negritas) Como sea el texto completo no tiene desperdicio. Recuerdo que la primera vez que leí, me quede pensando en como tantas verdades pueden ocupar un número tan reducido de hojas. A veces nos encontramos con ideas plasmadas en muchas hojas y adornadas con grandes argumentos que nos terminan diciendo nada o simplemente señalando un lugar común, la trivialidad como hábito, como repetición (¿cómo tedio?). Bueno dejemos eso y comencemos.

Friedrich Nietzsche
Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

 1

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.

Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, él que, sin embargo, sólo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia, de la cual, por el contrario, sin ese aditamento tendrían toda clase de motivos para huir tan rápidamente como el hijo de Lessing. Ese orgullo, ligado al conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentidos de los hombres, los hace engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquél proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño —pero también los efectos más particulares llevan consigo algo del mismo carácter—.

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad. Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas. Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras que parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos. En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?  

En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?  

Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una “verdad” en el grado que se acaba de señalar. Si no se contenta con la verdad en forma de tautología, es decir, con conchas vacías, entonces trocará continuamente ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos de un impulso nervioso. Pero inferir además a partir del impulso nervioso la existencia de una causa fuera de nosotros, es ya el resultado de un uso falso e injustificado del principio de razón. ¡Cómo podríamos decir legítimamente, si la verdad fuese lo único decisivo en la génesis del lenguaje, si el punto de vista de la certeza lo fuese también respecto a las designaciones, cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva! Dividimos las cosas en géneros, caracterizamos el árbol como masculino y la planta como femenino: ¡qué extrapolación tan arbitraria! ¡A qué altura volamos por encima del canon de la certeza! Hablamos de una “serpiente”: la designación cubre solamente el hecho de retorcerse; podría, por tanto, atribuírsele también al gusano. ¡Qué arbitrariedad en las delimitaciones! ¡Qué parcialidad en las preferencias, unas veces de una propiedad de una cosa, otras veces de otra! Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces. ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada caso, un salto total desde una esfera a otra completamente distinta. Se podría pensar en un hombre que fuese completamente sordo y jamás hubiera tenido ninguna sensación sonora ni musical; del mismo modo que un hombre de estas características se queda atónito ante las figuras acústicas de Chladni en la arena, descubre su causa en las vibraciones de la cuerda y jurará entonces que, en adelante, no se puede ignorar lo que los hombres llaman “sonido”, así nos sucede a todos nosotros con el lenguaje. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas. Del mismo modo que el sonido configurado en la arena, la enigmática x de la cosa en sí se presenta en principio como impulso nervioso, después como figura, finalmente como sonido. Por tanto, en cualquier caso, el origen del lenguaje no sigue un proceso lógico, y todo el material sobre el que, y a partir del cual, trabaja y construye el hombre de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de las nubes, en ningún caso de la esencia de las cosas.

Pero pensemos especialmente en la formación de los conceptos. Toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen, por ejemplo, como recuerdo, sino que debe encajar al mismo tiempo con innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos similares, jamás idénticas estrictamente hablando; en suma, con casos puramente diferentes. Todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales. Del mismo modo que es cierto que una hoja no es igual a otra, también es cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la representación, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas que fuese la “hoja”, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas las hojas habrían sido tejidas, diseñadas, calibradas, coloreadas, onduladas, pintadas, pero por manos tan torpes, que ningún ejemplar resultase ser correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo. Decimos que un hombre es “honesto”. ¿Por qué ha obrado hoy tan honestamente?, preguntamos. Nuestra respuesta suele ser así: a causa de su honestidad. ¡La honestidad! Esto significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos nada en absoluto de una cualidad esencial, denominada “honestidad”, pero sí de una serie numerosa de acciones individuales, por lo tanto desemejantes, que igualamos olvidando las desemejanzas, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de ellas una qualitas occulta con el nombre de “honestidad”.

La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible. También la oposición que hacemos entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos aventuramos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan demostrable como su contraria.

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es ésta; por tanto, miente de la manera señalada inconscientemente y en virtud de hábitos seculares —y precisamente en virtud de esta inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad—. A partir del sentimiento de estar comprometido a designar una cosa como “roja”, otra como “fría” y una tercera como “muda”, se despierta un movimiento moral hacia la verdad; a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie confía y a quien todo el mundo excluye, el hombre se demuestra a sí mismo lo honesto, lo fiable y lo provechoso de la verdad. En ese instante, el hombre pone sus actos como ser racional bajo el dominio de las abstracciones; ya no tolera más el ser arrastrado por las impresiones repentinas, por las intuiciones; generaliza en primer lugar todas esas impresiones en conceptos más descoloridos, más fríos, para uncirlos al carro de su vida y de su acción. Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto. En el ámbito de esos esquemas es posible algo que jamás podría conseguirse bajo las primitivas impresiones intuitivas: construir un orden piramidal por castas y grados; instituir un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones, que ahora se contrapone al otro mundo de las primitivas impresiones intuitivas como lo más firme, lo más general, lo mejor conocido y lo más humano y, por tanto, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática. Aquel a quien envuelve el hálito de esa frialdad, se resiste a creer que también el concepto, óseo y octogonal como un dado y, como tal, versátil, no sea más que el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto. Ahora bien, dentro de ese juego de dados de los conceptos se denomina “verdad” al uso de cada dado según su designación; contar exactamente sus puntos, formar las clasificaciones correctas y no violar en ningún caso el orden de las castas ni la sucesión jerárquica. Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera. Cabe admirar en este caso al hombre como poderoso genio constructor, que acierta a levantar sobre cimientos inestables y, por así decirlo, sobre agua en movimiento una catedral de conceptos infinitamente compleja: ciertamente, para encontrar apoyo en tales cimientos debe tratarse de un edificio hecho como de telarañas, suficientemente liviano para ser transportado por las olas, suficientemente firme para no desintegrarse ante cualquier soplo de viento. Como genio de la arquitectura el hombre se eleva muy por encima de la abeja: ésta construye con la cera que recoge de la naturaleza; aquél, con la materia bastante más delicada de los conceptos que, desde el principio, tiene que fabricar por sí mismo. Aquí él es acreedor de admiración profunda —pero no ciertamente por su inclinación a la verdad, al conocimiento puro de las cosas—. Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra, no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento; sin embargo, esto es lo que sucede con la búsqueda y descubrimiento de la “verdad” dentro del recinto de la razón. Si doy la definición de mamífero y a continuación, después de haber examinado un camello, declaro: “he aquí un mamífero”, no cabe duda de que con ello se ha traído a la luz una nueva verdad, pero es de valor limitado; quiero decir; es antropomórfica de cabo a rabo y no contiene un solo punto que sea “verdadero en sí”, real y universal, prescindiendo de los hombres. El que busca tales verdades en el fondo solamente busca la metamorfosis del mundo en los hombres; aspira a una comprensión del mundo en tanto que cosa humanizada y consigue, en el mejor de los casos, el sentimiento de una asimilación. Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre. Su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas; pero entonces parte del error de creer que tiene estas cosas ante sí de manera inmediata,como objetos puros. Por tanto, olvida que las metáforas intuitivas originales no son más que metáforas y las toma por las cosas mismas.

Sólo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, sólo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, sólo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”. Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone. Pero, por lo demás, la “percepción correcta” —es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar. La palabra “fenómeno” encierra muchas seducciones, por lo que, en lo posible, procuro evitarla, puesto que no es cierto que la esencia de las cosas se manifieste en el mundo empírico. Un pintor que careciese de manos y quisiera expresar por medio del canto el cuadro que ha concebido, revelará siempre, en ese paso de una esfera a otra, mucho más sobre la esencia de las cosas que en el mundo empírico. La misma relación de un impulso nervioso con la imagen producida no es, en sí, necesaria; pero cuando la misma imagen se ha producido millones de veces y se ha transmitido hereditariamente a través de muchas generaciones de hombres, apareciendo finalmente en toda la humanidad como consecuencia cada vez del mismo motivo, acaba por llegar a tener para el hombre el mismo significado que si fuese la única imagen necesaria, como si la relación del impulso nervioso original con la imagen producida fuese una relación de causalidad estricta; del mismo modo que un sueño eternamente repetido sería percibido y juzgado como algo absolutamente real. Pero el endurecimiento y la petrificación de una metáfora no garantizan para nada en absoluto la necesidad y la legitimación exclusiva de esta metáfora.

Sin duda, todo hombre que esté familiarizado con tales consideraciones ha sentido una profunda desconfianza hacia todo idealismo de este tipo, cada vez que se ha convencido con la claridad necesaria de la consecuencia, ubicuidad e infalibilidad de las leyes de la naturaleza; y ha sacado esta conclusión: aquí, cuanto alcanzamos en las alturas del mundo telescópico y en los abismos del mundo microscópico, todo es tan seguro, tan elaborado, tan infinito, tan regular, tan exento de lagunas; la ciencia cavará eternamente con éxito en estos pozos, y todo lo que encuentre habrá de concordar entre sí y no se contradirá. Qué poco se asemeja esto a un producto de la imaginación; si lo fuese, tendría que quedar al descubierto en alguna parte de la apariencia y la irrealidad. Al contrario, cabe decir por lo pronto que, si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva. Entonces, ¿qué es, en suma, para nosotros una ley de la naturaleza? No nos es conocida en sí, sino solamente por sus efectos, es decir, en sus relaciones con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, sólo nos son conocidas como sumas de relaciones. Por consiguiente, todas esas relaciones no hacen más que remitir continuamente unas a otras y nos resultan completamente incomprensibles en su esencia; en realidad sólo conocemos de ellas lo que nosotros aportamos: el tiempo, el espacio, por tanto las relaciones de sucesión y los números. Pero todo lo maravilloso, lo que precisamente nos asombra de las leyes de la naturaleza, lo que reclama nuestra explicación y lo que podría introducir en nosotros la desconfianza respecto al idealismo, reside única y exclusivamente en el rigor matemático y en la inviolabilidad de las representaciones del espacio y del tiempo. Sin embargo, esas nociones las producimos en nosotros y a partir de nosotros con la misma necesidad que la araña teje su tela; si estamos obligados a concebir todas las cosas solamente bajo esas formas, entonces no es ninguna maravilla el que, a decir verdad, sólo captemos en todas las cosas precisamente esas formas, puesto que todas ellas deben llevar consigo las leyes del número, y el número es precisamente lo más asombroso de las cosas. Toda la regularidad de las órbitas de los astros y de los procesos químicos, regularidad que tanto respeto nos infunde, coincide en el fondo con aquellas propiedades que nosotros introducimos en las cosas, de modo que, con esto, nos infundimos respeto a nosotros mismos. En efecto, de aquí resulta que esta producción artística de metáforas con la que comienza en nosotros toda percepción, supone ya esas formas y, por tanto, se realizará en ellas; sólo por la sólida persistencia de esas formas primigenias resulta posible explicar el que más tarde haya podido construirse sobre las metáforas mismas el edificio de los conceptos. Este edificio es, efectivamente, una imitación, sobre la base de las metáforas, de las relaciones de espacio, tiempo y número.  



2

Como hemos visto, en la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico. Si ya el hombre de acción ata su vida a la razón y a los conceptos para no verse arrastrado y no perderse a sí mismo, el investigador construye su choza junto a la torre de la ciencia para que pueda servirle de ayuda y encontrar él mismo protección bajo ese baluarte ya existente. De hecho necesita protección, puesto que existen fuerzas terribles que constantemente le amenazan y que oponen a la verdad científica “verdades” de un tipo completamente diferente con las más diversas etiquetas.  

Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese impulso fundamental del hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo, no queda en verdad sujeto y apenas si domado por el hecho de que con sus evanescentes productos, los conceptos, resulta construido un nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza. Busca un nuevo campo para su actividad y otro cauce y lo encuentra en el mito y, sobre todo, en el arte. Confunde sin cesar las rúbricas y las celdas de los conceptos introduciendo de esta manera nuevas extrapolaciones, metáforas y metonimias; continuamente muestra el afán de configurar el mundo existente del hombre despierto, haciéndolo tan abigarradamente irregular, tan inconsecuente, tan inconexo, tan encantador y eternamente nuevo, como lo es el mundo de los sueños. En sí, ciertamente, el hombre despierto solamente adquiere conciencia de que está despierto por medio del rígido y regular tejido de los conceptos y, justamente por eso, cuando en alguna ocasión un tejido de conceptos es desgarrado de repente por el arte llega a creer que sueña. Tenía razón Pascal cuando afirmaba que, si todas las noches nos sobreviniese el mismo sueño, nos ocuparíamos tanto de él como de las cosas que vemos cada día: “Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas, que es rey, creo —dice Pascal— que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano”. La diurna vigilia de un pueblo míticamente excitado, como el de los antiguos griegos, es, de hecho, merced al milagro que se opera de continuo, tal y como el mito supone, más parecida al sueño que a la vigilia del pensador científicamente desilusionado. Si cada árbol puede hablar como una ninfa, o si un dios, bajo la apariencia de un toro, puede raptar doncellas, si de pronto la misma diosa Atenea puede ser vista en compañía de Pisístrato recorriendo las plazas de Atenas en un hermoso tiro —y esto el honrado ateniense lo creía—, entonces, en cada momento, como en sueños, todo es posible y la naturaleza entera revolotea alrededor del hombre como si solamente se tratase de una mascarada de los dioses, para quienes no constituiría más que una broma el engañar a los hombres bajo todas las figuras.

Pero el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades, o cuando en una obra de teatro el cómico, haciendo el papel de rey, actúa más regiamente que un rey en la realidad. El intelecto, ese maestro del fingir, se encuentra libre y relevado de su esclavitud habitual tanto tiempo como puede engañar sin causar daño, y en esos momentos celebra sus Saturnales. Jamás es tan exuberante, tan rico, tan soberbio, tan ágil y tan audaz: poseído de placer creador, arroja las metáforas sin orden alguno y remueve los mojones de las abstracciones de tal manera que, por ejemplo, designa el río como el camino en movimiento que lleva al hombre allí donde habitualmente va. Ahora ha arrojado de sí el signo de la servidumbre; mientras que antes se esforzaba con triste solicitud en mostrar el camino y las herramientas a un pobre individuo que ansía la existencia y se lanza, como un siervo, en buscar de presa y botín para su señor, ahora se ha convertido en señor y puede borrar de su semblante la expresión de indigencia. Todo lo que él hace ahora conlleva, en comparación con sus acciones anteriores, el fingimiento, lo mismo que las anteriores conllevaban la distorsión. Copia la vida del hombre, pero la toma como una cosa buena y parece darse por satisfecho con ella. Ese enorme entramado y andamiaje de los conceptos al que de por vida se aferra el hombre indigente para salvarse, es solamente un armazón para el intelecto liberado y un juguete para sus más audaces obras de arte y, cuando lo destruye, lo mezcla desordenadamente y lo vuelve a juntar irónicamente, uniendo lo más diverso y separando lo más afín, pone de manifiesto que no necesita de aquellos recursos de la indigencia y que ahora no se guía por conceptos, sino por intuiciones. No existe ningún camino regular que conduzca desde esas intuiciones a la región de los esquemas espectrales, las abstracciones; la palabra no está hecha para ellas, el hombre enmudece al verlas o habla en metáforas rigurosamente prohibidas o mediante concatenaciones conceptuales jamás oídas, para corresponder de un modo creador, aunque sólo sea mediante la destrucción y el escarnio de los antiguos límites conceptuales, a la impresión de la poderosa intuición actual.

Hay períodos en los que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción; es tan irracional el último como poco artístico el primero. Ambos ansían dominar la vida: éste sabiendo afrontar las necesidades más imperiosas mediante previsión, prudencia y regularidad; aquél sin ver, como “héroe desbordante de alegría”, esas necesidades y tomando como real solamente la vida disfrazada de apariencia y belleza. Allí donde el hombre intuitivo, como en la Grecia antigua, maneja sus armas de manera más potente y victoriosa que su adversario, puede, si las circunstancias son favorables, configurar una cultura y establecer el dominio del arte sobre la vida; ese fingir, ese rechazo de la indigencia, ese brillo de las intuiciones metafóricas y, en suma, esa inmediatez del engaño acompañan todas las manifestaciones de una vida de esa especie. Ni la casa, ni el paso, ni la indumentaria, ni la tinaja de barro descubren que ha sido la necesidad la que los ha concebido: parece como si en todos ellos hubiera de expresarse una felicidad sublime y una serenidad olímpica y, en cierto modo, un juego con la seriedad. Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones solamente conjura la desgracia mediante ellas, sin extraer de las abstracciones mismas algún tipo de felicidad; mientras que aspira a liberarse de los dolores lo más posible, el hombre intuitivo, aposentado en medio de una cultura, consigue ya, gracias a sus intuiciones, además de conjurar los males, un flujo constante de claridad, animación y liberación. Es cierto que sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez en la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, se desgañita y no encuentra consuelo. ¡Cuán distintamente se comporta el hombre estoico ante las mismas desgracias, instruido por la experiencia y autocontrolado a través de los conceptos! Él, que sólo busca habitualmente sinceridad, verdad, emanciparse de los engaños y protegerse de las incursiones seductoras, representa ahora, en la desgracia, como aquél, en la felicidad, la obra maestra del fingimiento; no presenta un rostro humano, palpitante y expresivo, sino una especie de máscara de facciones dignas y proporcionadas; no grita y ni siquiera altera su voz; cuando todo un nublado descarga sobre él, se envuelve en su manto y se marcha caminando lentamente bajo la tormenta.

Es un texto que te deja sin aliento, es para leerse una y otra vez. Digamos que aquí se vislumbran ya las grandes vertientes que posteriormente Nietzsche desarrollará en sus textos posteriores. No tengo mucho más que decir, el texto lo hace por sí mismo.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Baudelaire…


CHARLES  BAUDELAIRE
CONSEJOS A LOS JOVENES LITERATOS

 Los preceptos que se van a leer son fruto de la experiencia; la experiencia implica una cierta suma de equivocaciones; y como cada cual las ha cometido –todas o poco menos-, espero que mi experiencia será verificada por la de cada cual.

 

I
DE LA SUERTE Y DE LA MALA SUERTE EN LOS COMIENZOS

Los jóvenes escritores que hablando de un colega novel dicen con acento matizado de envidia: "¡Ha comenzado bien, ha tenido una suerte loca!", no reflexionan que todo comienzo está siempre precedido y es el resultado de otros veinte comienzos que no se conocen.
... creo más bien que el éxito es, en una proporción aritmética o geométrica, según la fuerza del escritor, el resultado de éxitos anteriores, a menudo invisibles a simple vista. Hay una lenta agregación de éxitos moleculares; pero generaciones espontáneas y milagrosas jamás.
Los que dicen: "Yo tengo mala suerte", son los que todavía no han tenido suficientes éxitos y lo ignoran.

***

Libertad y fatalidad son dos contrarios; vistas de cerca y de lejos son una sola voluntad.
Y es por eso que no hay mala suerte. Si hay mala suerte, es que nos falta algo: ese algo hay que conocerlo y estudiar el juego de las voluntades vecinas para desplazar más fácilmente la circunferencia.

II
DE LOS SALARIOS

Por hermosa que sea una casa es ante todo —y antes de que su belleza quede demostrada— tantos metros de frente por tantos de fondo. De igual modo la literatura, que es la materia más inapreciable, es ante todo una serie de columnas escritas; y el arquitecto literario, cuyo sólo nombre no es una probabilidad de beneficio, debe vender a cualquier precio.
Hay jóvenes que dicen: "Ya que esto vale tan poco, ¿para qué tomarse tanto trabajo?" Hubieran podido entregar trabajo del mejor; y en ese caso sólo hubieran sido estafados por la necesidad actual, por la ley de la naturaleza; pero se han estafado a sí mismos. Mal pagados, hubieran podido honrarse con ello; mal pagados, se han deshonrado.
Resumo todo lo que podría escribir sobre este asunto en esta máxima suprema, que entrego a la meditación de todos los filósofos, de todos los historiadores y de todos los hombres de negocios: "¡Sólo es con los buenos sentimientos con los que se llega a la fortuna!"
Los que dicen: "¡Para qué devanarse los sesos por tan poco!" son los mismos que más tarde quieren vender sus libros a doscientos francos el pliego, y rechazados, vuelven al día siguiente a ofrecerlo con cien francos de pérdida.
El hombre razonable es el que dice: "Yo creo que esto vale tanto, porque tengo genio; pero si hay que hacer algunas concesiones, las haré, para tener el honor de ser de los vuestros".

III
DE LAS SIMPATÍAS Y DE LAS ANTIPATÍAS

En amor como en literatura, las simpatías son involuntarias; no obstante, necesitan ser verificadas, y la razón tiene ulteriormente su parte.
Las verdaderas simpatías son excelentes, pues son dos en uno; las falsas son detestables, pues no hacen más que uno, menos la indiferencia primitiva, que vale más que el odio, consecuencia necesaria del engaño y de la desilusión.
Por eso yo admiro y admito la camaradería, siempre que esté fundada en relaciones esenciales de razón y de temperamento. Entonces es una de las santas manifestaciones de la naturaleza, una de las numerosas aplicaciones de ese proverbio sagrado: la unión hace la fuerza.
La misma ley de franqueza y de ingenuidad debe regir las antipatías. Sin embargo, hay gentes que se fabrican así odios como admiraciones, aturdidamente. Y esto es algo muy imprudente; es hacerse de un enemigo, sin beneficio ni provecho. Un golpe fallido no deja por eso de herir al menos en el corazón al rival a quien se le destinaba, sin contar que puede herir a derecha e izquierda a alguno de los testigos del combate.
Un día, durante una lección de esgrima, vino a molestarme un acreedor; yo lo perseguí por la escalera, a golpes de florete. Cuando volví, el maestro de armas, un gigante pacífico que me hubiera tirado al suelo de un soplido, me dijo: "¡Cómo prodiga usted su antipatía! ¡Un poeta! ¡Un filósofo! ¡Ah, que no se diga!" Yo había perdido el tiempo de dos asaltos, estaba sofocado, avergonzado y despreciado por un hombre más, el acreedor, a quien no había podido hacer gran cosa.
En efecto, el odio es un licor precioso, un veneno más caro que el de los Borgia, pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño ¡y los dos tercios de nuestro amor! ¡Hay que guardarlo avaramente!

IV
DEL VAPULEO

El vapuleo no debe practicarse más que contra los secuaces del error. Si somos fuertes, nos perdemos atacando a un hombre fuerte; aunque disintamos en algunos puntos, él será siempre de los nuestros en ciertas ocasiones.
Hay dos métodos de vapuleo: en línea curva y en línea recta, que es el camino más corto. (...) La línea curva divierte a la galería, pero no la instruye.
La línea recta... consiste en decir: "El señor X... es un hombre deshonesto y además un imbécil; cosa que voy a probar" -¡y a probarla!-; primero..., segundo..., tercero...etc. Recomiendo este método a quienes tengan fe en la razón y buenos puños.
Un vapuleo fallido es un accidente deplorable, es una flecha que vuelve al punto de partida, o al menos, que nos desgarra la mano al partir; una bala cuyo rebote puede matarnos.

V
DE LOS MÉTODOS DE COMPOSICIÓN

Hoy por hoy hay que producir mucho, de modo que hay que andar de prisa; de modo que hay que apresurarse lentamente; pues es menester que todos los golpes lleguen y que ni un solo toque sea inútil.
Para escribir rápido, hay que haber pensado mucho; haber llevado consigo un tema en el paseo, en el baño, en el restaurante, y casi en casa de la querida. (...)
Cubrir una tela no es cargarla de colores, es esbozar de modo liviano, disponer las masas en tono ligero y transparentes. La tela debe estar cubierta –en espíritu- en el momento en que el escritor toma la pluma para escribir el título.
Se dice que Balzac ennegrece sus manuscritos y sus pruebas de manera fantástica y desordenada. Una novela pasa entonces por una serie de génesis, en los que se dispersa, no sólo la unidad de la frase, sino también la de la obra. Sin duda es este mal método el que da a menudo a su estilo ese no se qué de difuso, de atropellado y de embrollado, que es el único defecto de ese gran historiador.

VI
DEL TRABAJO DIARIO Y DE LA INSPIRACION

(...)
Una alimentación muy sustanciosa, pero regular, es la única cosa necesaria para los escritores fecundos. Decididamente, la inspiración es hermana del trabajo cotidiano. Estos dos contrarios no se excluyen en absoluto, como todos los contrarios que constituyen la naturaleza. La inspiración obedece, como el hombre, como la digestión, como el sueño. (...) Si se consiente en vivir en una contemplación tenaz de la obra futura, el trabajo diario servirá a la inspiración, como una escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, y como el pensamiento calmo y poderoso sirve para escribir legiblemente, pues ya pasó el tiempo de la mala letra.

VII
DE LA POESIA

En cuanto a los que se entregan o se han entregado con éxito a la poesía, yo les aconsejo que no la abandonen jamás. La poesía es una de las artes que más reportan; pero es una especie de colocación cuyos intereses sólo se cobran tarde; en compensación, muy crecidos.
Desafío a los envidiosos a que me citen buenos versos que hayan arruinado a un editor.
(...)
¿Por lo demás, qué tiene de sorprendente, puesto que todo hombre sano puede pasarse dos días sin comer, pero nunca sin poesía?
El arte que satisface la necesidad más imperiosa será siempre el más honrado.

VIII
DE LOS ACREEDORES

(...) Que el desorden haya acompañado a veces al genio, lo único que prueba es que el genio es terriblemente fuerte; por desgracia, para muchos jóvenes, ese título expresaba no un accidente, sino una necesidad.
Yo dudo mucho de que Goethe haya tenido acreedores (...). No tengáis acreedores jamás; a lo sumo, haced como si los tuvierais, que es todo lo que puedo permitiros.

IX
DE LAS QUERIDAS

Si quiero acatar la ley de los contrastes, que gobierna el orden moral y el orden físico, me veo obligado a ubicar entre las mujeres peligrosas para los hombres de letras, a la mujer honesta, a la literata y a la actriz; la mujer honesta, porque pertenece necesariamente a dos hombres y es un mediocre pábulo para el alma despótica de un poeta; la literata, porque es un hombre fallido; la actriz, porque está barnizada de literatura y habla en "argot"; en fin, porque no es una mujer en toda la acepción de la palabra, ya que el público le resulta algo más preciosos que el amor.
(...)
Porque todos los verdaderos literatos sienten horror por la literatura en determinados momentos, por eso, yo no admito para ellos –almas libres y orgullosas, espíritus fatigados que siempre necesitan reposar al séptimo día-, más que dos clases posibles de mujeres: las bobas o las mujerzuelas, la olla casera o el amor. –Hermanos, ¿hay necesidad de exponer las razones?


15 de abril de 1846





 A Baudelaire  siempre me lo he topado mientras busco a alguien más, mis escasos encuentros con él sin embargo han sido fructíferos, me han dejado algo, recuerdo el texto sobre la familia de ojos, que me encontré en el pintor de la vida moderna que con ocasión del fenómeno  de la ciudad moderna: el Paris que surge en  la segunda mitad del XIX,  aquí él fragmento:


LA FAMILIA DE OJOS

Este poema expresa la queja de un enamorado, al recordar una experiencia que compartieron recientemente, el narrador explica a la mujer que ama por qué siente amargura y distanciamiento hacia ella.

“Era el atardecer de un largo y bello día pasado a solas. Estaban sentados en la terraza <<frente a un nuevo café que hacía esquina en un nuevo bulevar>>. El bulevar <<estaba todavía lleno de escombros>>, pero el café <<ya desplegaba con orgullo sus inconclusos esplendores>>. Su cualidad más esplendida era una iluminación novedosa y abundante: <<El café deslumbraba. Hasta el gas se quemaba con el ardor de un estreno; con toda su fuerza alumbraba la cegadora blancura de las paredes, la proyección de los espejos, las molduras y cornisas doradas>>.

Mientras los enamorados están sentados mirándose felices a los ojos, se ven súbitamente enfrentados a los ojos de otras personas. Una familia pobre, vestida de harapos –un padre de barba gris, su joven hijo y un niño—se han detenido justo delante de ellos y miran arrobados el mundo nuevo y brillante del interior. <<Las tres caras estaban extraordinariamente serias, y esos seis ojos contemplaban el nuevo café fijamente con la misma admiración, que solo sus edades hacían diferente>>. No se dicen palabras, pero el narrador trata de leer en sus ojos. Los ojos del padre parecen decir: <<¡Qué hermoso! Todo el oro del pobre mundo debe haberse abierto camino hasta estas paredes>>. Los ojos del hijo parecen decir: <<¡Qué hermoso! Pero es una casa donde sólo pueden entrar los que no son como nosotros>>. Los ojos del niño estaban demasiado fascinados  para expresar otra cosa que no fuera deleite, estúpido y profundo>>. Su fascinación no entraña sentimientos hostiles; su visión del abismo entre los dos mundos es triste, no agresiva, no resentida sino resignada. A pesar de ello, o tal vez debido a ello, el narrador comienza a sentirse incómodo, <<un poco avergonzado de nuestros vasos y jarras, demasiado grandes para nuestra sed>>. Está <<conmovido por esta familia de ojos>> y siente una especie de parentesco con ellos. Pero cuando, un momento más tarde, <<volví mis ojos para mirar a los tuyos, amor querido, para leer en ellos mis pensamientos>>, ella dice: <<¡Esas gentes, con sus ojos como platillos, son insoportables! ¿No puedes ir a decirle al administrador que los eche de aquí?>>.

Esta es la razón por la que hoy la detesta, dice. Añade que el incidente lo ha entristecido tanto como enojado: ahora ve <<lo difícil que es que las personas se entiendan, lo incomunicable que es el pensamiento>> --así termina el poema-- <<incluso entre enamorados>>.”




sábado, 6 de noviembre de 2010

Sobre la diferencia entre el principio de razón suficiente del conocimiento y el de causalidad.

“La lógica es el principio de razón suficiente del conocimiento, pero no es el principio de razón suficiente de la realidad, pues este es la causalidad (el acontecer): la realidad es la realización de la representación del acontecer.  Aplicar la lógica (principio de razón suficiente del conocimiento) a nuestra experiencia del acontecer (principio de razón suficiente de la realidad) es un “truco de bolsillo”

Aun  así es posible pensar sobre  la cuestión de la causalidad del acontecimiento  (lo que permite la realización de la percepción  de la experiencia, es decir  lo real). Pero en ese caso estaríamos ya aplicando el principio de razón suficiente del conocimiento (que se realiza en el  hombre y por lo tanto sólo es una representación real para él) para intentar entender una cuestión concerniente a la naturaleza del acontecer de la experiencia que es representada. Eso es precisamente lo inaccesible para el hombre, es el noúmeno kantiano, el en sí de la naturaleza…